(Cuento finalista del concurso Cuentos Cortos para Esperas Largas 2020)
En mi época de universitario mi abuelo me consiguió un trabajo de medio tiempo como mensajero, en el banco donde él trabajó toda su vida.
Allí había una secretaria, una mujer mucho mayor que yo, casada, con hijos, que me decía palabras sugerentes a cada rato. Al principio, solo eran miradas y gestos insinuantes y luego frases sutiles como “qué bien te ves con tu camisa nueva”, pero fue subiendo el tono de sus coqueteos hasta el punto de pedirme directamente que tuviéramos una aventura amorosa.
En verdad, poco interés mostré por esa mujer porque en aquella época yo estaba perdidamente enamorado de Sofía.
Nos conocimos en la universidad, aunque estudiábamos carreras diferentes. Fue un típico caso de amor a primera vista. Ella era perfecta para mí: tenía una belleza angelical, una mirada tierna, una hermosísima voz y una sonrisa radiante; era humilde, sencilla, muy cariñosa, y además, muy buena estudiante.
Fue gracias a dos amigos en común que nos conocimos y desde entonces buscábamos cualquier excusa para estar juntos. Todo inició como una bella amistad, pero pronto se hizo demasiado evidente la atracción que sentíamos el uno por el otro. Pocas semanas después, le pedí que formalizáramos nuestra relación y ella aceptó. Aquel día me sentí el hombre más feliz del mundo.
Una tarde, Sofía llegó muy triste y afligida; me contó que les dijo a sus padres de nuestra relación y que después de un tortuoso interrogatorio, se negaron a permitirle tener cualquier vínculo conmigo. Según ellos, yo representaba el peor escenario para el futuro de su hija: era ateo, estudiaba bellas artes, vivía en el peor barrio de la ciudad y era negro.
Al principio, Sofía se resistió a la presión de sus padres, pero con el tiempo fue cediendo, hasta cortar todo vínculo conmigo. Lo último que supe fue que se cambió de universidad.
Así pasaron varios meses sin saber nada de ella, hasta que una tarde, mientras salía del hospital donde estaba mi abuelo enfermo, me encontré con Sofía. Dio la casualidad que también tenía a su abuela con quebrantos de salud; pero a diferencia mía, que venía solo, ella estaba acompañada por su mamá.
Al verme, pude notar una expresión de sorpresiva alegría en su rostro, me saludó efusivamente, me dio un beso en la mejilla y procedió a presentarme a su madre. Cuando estiré mi mano para estrechar la suya, la mujer palidecía: era la secretaria del banco.
*En homenaje a la memoria de George Floyd (1973-2020)

Excelente el cuento me encanto! La vida da muchas vueltas.
Me gustó mucho tu cuento y además no me imaginé el final.
Muy bueno, felicidades!!
esta historia tiene algo de hipocresía, pero realmente trasciende en la vida como queremos discriminar y opinar siempre , desconociendo lo que hacemos a escondidas