Todo lo que se describe a continuación, ocurrió en Medellín, el día jueves 10 de junio de 2021.
Desperté a mediodía, después de quedarme dormido, mientras trataba de encontrar un final para un cuento apocalíptico, que se me había ocurrido en la mañana.
Al despertar, seguí en la cama, y vino a mi mente una imagen: la llamada de un vecino, diciendo que había un cadáver en mi patio; de inmediato, mi mente empezó a maquinar opciones de desarrollo de un cuento atómico a partir de esa imagen. Cuando tenía la idea completa, salté de la cama y escribí en una pequeña libreta:
Sonó el teléfono a media noche.
Era mi vecino diciendo que había un cadáver en mi patio. Supuse que era una broma y colgué.
Al día siguiente, encontré el cadáver de mi vecino en el patio.
El cuento tenía 36 palabras y pasaba por mucho las 20 exigidas para que se considerara cuento atómico; entonces usé un viejo recurso que aprendí de Umberto Senegal: convertir en título alguna línea del cuento. Exploré varias opciones y decidí que la mejor opción era esta:
LLAMADA A MEDIA NOCHE
Era mi vecino diciendo que había un cadáver en mi patio. Hice caso omiso y colgué.
Al amanecer, encontré el cadáver de mi vecino en el patio.
Gracias al artilugio de convertir una parte del cuento en título, había logrado reducir las palabras del cuento, además, escribir «al amanecer» en lugar de «al día siguiente», ayudó a reducir de 36 a 27 el número de palabras, pero todavía no alcanzaba las 20 deseadas. Empecé a considerar la opción de dejar este cuento para otra colección diferente a la de cuentos atómicos.
Pocos minutos después, estaba intentándolo de nuevo:
LLAMADA DE MI VECINO A MEDIA NOCHE
—Hay un cadáver en tu patio— dijo.
Colgué y seguí durmiendo.
Al amanecer, encontré el cadáver de mi vecino en el patio.
Sabía que incluir la palabra «vecino» en el título, ayudaba en algo; además, expresar el inicio del cuento como si fuese un diálogo, me ayudó también porque suprimía la frase «Era mi vecino diciendo que», sin embargo, el cuento todavía tenía 22 palabras.
Sabía que ya estaba cerca, por eso escribí de nuevo:
LLAMADA DE MI VECINO A MEDIA NOCHE
—Hay un cadáver en tu patio— dijo.
Colgué y seguí durmiendo.
Al amanecer, encontré su cadáver en mi patio.

¡Eureka! Lo logré, ahora el cuento tenía 19 palabras. En el proceso, introduje otra modificación, que consistió en cambiar el artículo «el» por el posesivo «mi» antes de la última palabra del cuento. No obstante, la segunda línea no me dejó satisfecho, así que decidí tratar de mejorar esa parte:
LLAMADA DE MI VECINO A MEDIA NOCHE
—Hay un cadáver en tu patio— dijo.
Decidí colgar y seguir durmiendo.
Al amanecer, encontré su cadáver en mi patio.
Con el cambio introducido, se me hacía que el cuento era mejor, pero el hecho de colgar sin responder nada y quizá sin causa alguna, no me satisfacía del todo, así que decidí intentar otro cambio:
LLAMADA DE MI VECINO A MEDIA NOCHE
—Hay un cadáver en tu patio— dijo.
—No me molestes—Respondí airado.
Al amanecer, encontré su cadáver en mi patio.
Ahora el cuento se me hacía más completo. Y decidí dejarlo así.
Minutos después estaba sentado tomando café y pensando que el cuento no cerraba porque en él hacía falta la colgada del teléfono. Entonces, mientras seguía tomando café, mi memoria y mi mano izquierda contaron las palabras de la segunda línea: eran 5. Así que rápidamente, mi mente halló el atajo requerido. Cuando lo tuve, lo repetí mentalmente mientras terminaba el café y al volver a mi libreta, escribí esta versión:
LLAMADA DE MI VECINO A MEDIA NOCHE
—Hay un cadáver en tu patio— dijo.
—Déjame dormir—Respondí, y colgué.
Al amanecer, encontré su cadáver en mi patio.
Dos horas después, luego de realizar algunas diligencias personales, encontré nuevamente la libreta sobre mi escritorio, abierta justo en la última versión del cuento que me tenía ocupado esa tarde.
Sin tocar la libreta, ni el escritorio, empecé a leer de nuevo el cuento y mentalmente hice el ejercicio de quitar la palabra «dijo» que está después de la frase «Hay un cadáver en tu patio», al hacerlo, noté que el cuento era comprensible a pesar del faltante; realizado el cambio, caí en cuenta que tenía espacio para introducir una palabra más y recordé que en uno de los intentos anteriores había usado la palabra «airado», al final de la segunda línea del cuerpo del cuento, así que me acerqué al escritorio, tomé la libreta, y escribí una nueva versión, pero a la hora de escribir la palabra «airado» como en una versión anterior, la intuición me hizo cambiar esa palabra por «enfadado», porque me pareció una palabra menos “artificial” para el cuento y el relato quedó así:
LLAMADA DE MI VECINO A MEDIA NOCHE
—Hay un cadáver en tu patio.
—Déjame dormir— Respondí y colgué enfadado.
Al amanecer, encontré su cadáver en mi patio.
Después de leerlo y paladearlo dos veces, me parecía que el título era largo, así que decidí acortarlo, quitando el adjetivo posesivo «mi» y cambiándolo por «del», que es la contracción de la preposición «de» y el artículo «el»:
LLAMADA DEL VECINO A MEDIA NOCHE
—Hay un cadáver en tu patio.
—Déjame dormir— Respondí y colgué enfadado.
Al amanecer, encontré su cadáver en mi patio.
De esta manera, el vecino quedaba determinado, y supuestamente conocido por el narrador y por extensión, por el lector, en el supuesto de que todos tenemos un vecino fastidioso.
En este caso particular, para llegar a la versión final del cuento, fueron necesarios nueve intentos y todos ellos, felizmente, se realizaron el mismo día. Algunas veces, un cuento puede quedarse a medio construir, por días, semanas, meses, e incluso años, por eso es necesario llevar un registro de todas las ideas susceptibles de convertirse en aquello que deseamos escribir; quién sabe, a lo mejor una idea que hoy nos resulta insulsa, mañana, desde otro punto de vista, pueda convertirse en el germen de un escrito genial.

Qué bien que compartas el proceso de los cambios que se van dando en la construcción de un cuento. Muchas personas tienden a creer que la escritura, en cualquier género, es producto de un momento de inspiración y listo; pero realmente y como nos lo haces saber, la buena escritura exige análisis, revisión, corrección y obviamente reescribir una y otra vez .
Excelente artículo mil gracias por compartirnos tan interesante información